
48 horas en Barcelona: del Gótico a la Barceloneta
La ciudad condal en un fin de semana perfecto: cultura, playa y gastronomía.
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Casi todo el mundo visita la misma Cartagena: la ciudad amurallada, sus balcones de buganvilla, el atardecer sobre las murallas. Es hermosa y merece cada foto. Pero a pocas calles de allí late otra ciudad —más ruidosa, más negra, más viva— que casi ninguna guía cuenta bien. Es la Cartagena afrocaribeña, y es la que le da el alma.
↓Hay una fotografía que casi todo el que visita Cartagena se lleva a casa: una mujer de piel oscura y vestido de colores intensos, con una batea de frutas tropicales en equilibrio perfecto sobre la cabeza, sonriendo entre las calles empedradas del centro histórico. La imagen es preciosa y se repite en miles de perfiles de viaje. Pero detrás de ella hay una historia que la postal no cuenta: esa mujer es una palenquera, y carga sobre la cabeza mucho más que fruta. Carga cuatro siglos de resistencia, libertad y memoria.
Cartagena de Indias es dos ciudades a la vez. Está la de las murallas —colonial, turística, deslumbrante— que fue durante siglos el principal puerto de entrada de personas esclavizadas de todo el Caribe español. Y está la otra: la que construyeron precisamente los descendientes de aquellas personas, con su música, su comida y su forma de habitar el trópico. Esta segunda Cartagena no cabe dentro de las murallas. Empieza justo donde termina la foto.
Este no es un recorrido por monumentos. Es un recorrido por la identidad afrocaribeña que late en el corazón de la ciudad: el pueblo que se declaró libre antes que nadie en América, la música que nació despreciada y hoy es orgullo, y el mercado ruidoso donde de verdad se come Cartagena.
A poco más de una hora de Cartagena, en las estribaciones de los Montes de María, hay un pueblo de unos 4.000 habitantes que no aparece en la mayoría de las guías y que, sin embargo, es uno de los lugares más importantes de la historia del continente. Se llama San Basilio de Palenque, y fue el primer lugar de América donde vivieron africanos libres.
Su historia empieza a finales del siglo XVI con Benkos Biohó, un hombre que había sido rey en África —probablemente en la región del actual Congo o Angola—, capturado y vendido como esclavo, que llegó al puerto de Cartagena y logró escapar hacia 1599. En lugar de huir solo, Biohó organizó a otros fugados y fundó un asentamiento fortificado, un *palenque*, en el monte. Desde allí resistieron durante décadas los intentos de la corona española por someterlos.
La resistencia fue tan tenaz que en 1691 la corona española terminó firmando un decreto que reconocía la libertad de los habitantes de Palenque, con una condición: que dejaran de acoger a nuevos fugados. Fue, de hecho, uno de los primeros territorios de América en obtener una libertad reconocida por escrito. Por su aislamiento, el pueblo pudo conservar durante generaciones algo extraordinario: su propia lengua, su comida, su música y sus ritos.
Esa lengua, el palenquero, es única en el mundo: el único idioma criollo de América con base léxica española y una fuerte estructura de raíces africanas bantúes. En 2005 la UNESCO declaró el espacio cultural de San Basilio de Palenque Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, reconociendo que allí sobrevive un modo de vida —lengua, música, medicina tradicional, organización social— que se remonta a los primeros africanos libres del continente.

Hoy se puede visitar Palenque en una excursión de día desde Cartagena. Lo mejor es hacerlo con guías de la propia comunidad, que reciben a los visitantes en sus casas, cuentan la historia de sus antepasados frente a la estatua de Benkos Biohó en la plaza principal y explican por qué este pueblo polvoriento es, en realidad, un símbolo universal de libertad. Visitarlo de forma responsable —con operadores locales, respetando el ritmo del pueblo— es la diferencia entre un espectáculo y un encuentro.

Volvamos a la mujer de la fotografía. Las palenqueras son, en su mayoría, mujeres descendientes de San Basilio de Palenque que desde hace generaciones bajan a Cartagena a vender fruta y dulces por las calles del centro. Sus vestidos de colores, sus turbantes y las enormes *poncheras* metálicas que equilibran sobre la cabeza no son un disfraz para turistas: son la continuación de una tradición que tiene más de tres siglos.
En el pasado, cuando Palenque estaba aislado y era difícil ganarse la vida, las mujeres preparaban dulces con lo que daba la tierra y caminaban horas hasta Cartagena para venderlos. Esa economía de supervivencia se convirtió en identidad. Hoy las palenqueras son consideradas embajadoras culturales de la ciudad, y muchas mantienen vivas recetas que se transmiten de madre a hija desde hace 400 años.
Detrás de cada batea hay un recetario afrocaribeño que merece la pena conocer:
Comprarles a las palenqueras es, más allá del dulce, una forma de sostener una tradición viva. Eso sí, conviene acordar el precio antes y, si vas a hacer una foto, pedirla con respeto: muchas la agradecen, y algunas piden una propina a cambio. Es justo: llevan siglos siendo el rostro de una ciudad que no siempre las ha tratado bien.

"No cargan fruta para la foto. Cargan la memoria de un pueblo que decidió ser libre antes que nadie."
Si hay un sonido que es Cartagena, no es el vallenato ni la salsa: es la champeta. Este género, nacido en los barrios afrodescendientes de la ciudad, cuenta por sí solo la historia social de Cartagena mejor que cualquier museo.
Su origen se remonta a los años setenta. Los barcos que llegaban al puerto traían, entre la carga, discos de música africana: soukous congoleño, highlife, mbaqanga sudafricano. En los barrios populares esos ritmos se mezclaron con la herencia afrocolombiana —el bullerengue, el mapalé— y con influencias antillanas como el reggae y el compás haitiano. De esa fusión, que empezó con un sonido llamado *chalusonga* surgido en San Basilio de Palenque, nació la champeta.
Durante años fue una música despreciada por las clases altas de la ciudad, asociada a los barrios pobres y a la población negra. La llamaban, con desdén, "música de champetúos". Pero en esos mismos barrios se convirtió en terapia colectiva, en orgullo y en identidad. Con el tiempo, lo que se rechazaba se volvió el símbolo sonoro de Cartagena, y hoy la champeta llena escenarios dentro y fuera de Colombia.
La champeta no se entiende sin los picós (del inglés *pick-up*): enormes equipos de sonido, muchas veces montados sobre camionetas y pintados con colores estridentes, que sacan la música a la calle y hacen bailar barrios enteros hasta el amanecer. El picó no es solo un altavoz: es un punto de encuentro, un tótem del barrio, el lugar donde varias generaciones han aprendido a bailar. Cada picó tiene su nombre, su fama y sus seguidores.


Si la ciudad amurallada es la Cartagena que se muestra a los visitantes, el Mercado de Bazurto es la Cartagena que simplemente vive. A unos cuatro kilómetros del centro turístico, es un laberinto ruidoso, caótico y desbordante que los cartageneros llaman *el mercado del pueblo*. No es una versión pulida ni cómoda de la ciudad: es la real.
El mercado original estaba en el centro histórico, pero se incendió en 1965 y reabrió tres años después en su ubicación actual. La gente que sostenía las tradiciones culinarias, musicales y artesanas de Cartagena se quedó allí, y a su alrededor creció un barrio entero. Por eso Bazurto es hoy una especie de museo vivo de la cultura afrocaribeña, aunque nadie lo llame museo.
Cada mañana, los cocineros de los mejores restaurantes de Cartagena bajan a Bazurto a regatear por el pescado más fresco —corvina, sierra, pargo—, los plátanos, el ñame y las frutas que jamás verás en un supermercado: zapote, mamoncillo, lulo, corozo. En sus pasillos suena champeta desde los picós, se fríen pescados enteros en cocinas de leña y se sirve, sin ceremonia, la comida caribeña más honesta de la ciudad.
Bazurto no es para todo el mundo: hace calor, huele fuerte a pescado, hay ruido y aglomeración. Pero para quien quiera entender la ciudad de verdad, es imprescindible. Eso sí, la recomendación unánime es visitarlo con un guía local, tanto por orientarse en el laberinto como por acercarse con respeto a un espacio que es, ante todo, el lugar de trabajo de miles de personas. Varios operadores de la propia comunidad ofrecen recorridos que terminan comiendo pescado frito con arroz de coco y yuca en los mismos comedores donde grabó Anthony Bourdain.
La cocina de esta otra Cartagena es africana, indígena y caribeña a la vez. Nació en las cocinas de las mujeres afrodescendientes —muchas con raíces en Palenque— que adaptaron las técnicas traídas del otro lado del Atlántico a los ingredientes del trópico. Estos son los sabores que no deberías perderte:

Para vivir todo esto en un solo lugar, muchos cartageneros y viajeros coinciden en el Bazurto Social Club, en Getsemaní: un local que celebra la cultura del mercado y del picó, con champeta en vivo y una cocina que rinde homenaje a los sabores populares. Es una forma cómoda y segura de acercarse a la fiesta afrocaribeña sin adentrarse en los barrios de noche, algo que no conviene hacer por libre.
Acercarse a esta otra Cartagena es una de las experiencias más ricas que ofrece la ciudad, pero conviene hacerlo con cabeza y con sensibilidad. Algunas claves para que sea un encuentro y no un espectáculo:
Cartagena se puede visitar en dos días de murallas y atardeceres, y sería un viaje precioso. Pero si te quedas solo con eso, te habrás perdido lo esencial: que su música, su comida y su alegría nacieron de la comunidad afrodescendiente que la habita desde hace siglos. La ciudad amurallada es la postal. La Cartagena afrocaribeña es la historia. Y la historia, casi siempre, empieza justo donde termina la foto.
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